Cuenta la leyenda que a los 30 años el cerebro humano alcanza la madurez y se convierte en adulto. Sin embargo, hay gente que se cree Peter Pan en la vida real y jura nunca envejecer: “el chavorruco”

Si alguno de tus amigos, o incluso tú, tiene las siguientes fantasías, es hora de darte cuenta de que eres chavorruco.

Todavía imaginas que serás el próximo Cristiano Ronaldo

chavoruco

Es hora de darte cuenta que eres chavorruco cuando imaginas ser futbolista y jugar de volante por derecha para el equipo de tus amores y hacer el gol del empate al minuto noventa, y el del campeonato en tiempo de compensación, o anotar el penalti definitivo y celebrarlo brincando la publicidad estática. Atravesar la pista de tartán alrededor de la cancha, brincar la malla y mezclarte con la porra, la barra, la hinchada, con un paisaje maravilloso al mediodía soleado o al atardecer, apenas vislumbrándose entre el papel y los humos, los trapos y las banderas.

Cuando dejas de soñar eso y comienzas a soñar con ser entrenador o por lo menos comentarista deportivo.

Todavía tienes sueños de ser Rockstar

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Eres chavorruco cuando aún sueñas con ser un rockero famoso y cantar tus propias rolas. Primero en el independiente, luego  en el mainstream, después en un masivo. En un parque o una playa o, por qué no, el Foro Sol o la explanada del Azteca. Romper la garganta, golpearte con el micrófono, brincar en el escenario bajo la lluvia, colgarte de la estructura del escenario y arrancarte la ropa para terminar aventándote contra la batería (y el baterista, obvio) o si amerita hacia el público enloquecido.

Cuando en vez de eso, te conviertes en críticoexpertoespecializadosabelotodoirrebatible de la música, sobre todo de la nueva, y siempre dices “ya no es como la de antes”. (Cuando además las canciones, que tú escuchaste como éxitos, comienzan a considerarse clásicos).

Todavía quieres ser un Casanova

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Sigues siendo chavoruco cuando aún quieres ser un Casanova y pasar cada noche con una mujer u hombre diferente, de cama en cama, de conquista en conquista, de cuerpo en cuerpo, corazón en corazón. Acumular prendas, cartas y recuerdos, lágrimas, sonrisas y palabras, promesas y decepciones. Tener una chic@ en cada barrio, una en cada ciudad; tener un alma, unos brazos, una puerta o unas piernas, abiertas de par en par, a cada sitio que vayas. Coleccionar historias, hacer de estas tus trofeos y armar un mueble especial para poder exponerlos.

Cuando en vez de todo eso, ruegas al cielo porque la chava de la oficina te dé el sí para salir a tomar un café sabes que ya has madurado.

Todavía quieres andar de fiesta en fiesta

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Es momento de darte cuenta que eres chavorruco cuando sigues hablando de bares, de los antros, de las fiestas. De los lugares de moda de los que pocos conocen. Sigues empezando la borrachera desde el jueves y la terminas el domingo al borde de la muerte. Y a la hora de los shots eres el primero en decir que aguantas mas que los chavitos.

Sabes que ya creciste cuando comienzas poco a poco a hablar primero de escuelas; de casas en renta, venta, de información sobre niños, de abogados, de clínicas y hospitales, medicinas y remedios. Hasta llegar irremediablemente a hablar no de la última pachanga, del último funeral. Y ya no es si conoces este antro o aquel nuevo restaurante, si no, ¿conoces este hospital?, ¿cuál panteón es más barato?, ¿o será mejor cenizas?

No tienes que ser chavorruco para siempre

Crecer es un proceso natural que es sencillo percibir: te das cuenta que eres joven cuando aún con el ventilador a su máxima velocidad, no puedes calmar ‘la calor’. Te das cuenta que te estás haciendo viejo cuando aún con el ventilador apagado, ya sientes algo de frío. Todavía más sencillo -¡y más a la mexicana!-, te das cuenta de que te estás haciendo viejo cuando te toca jalar la piñata y no pegarle.

¿Aún no estás convencido? Checa la primera parte de este artículo: 

16 señales de que ya andas chavorruqueando

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