Juan, es un mesero de una cocina local, que trabaja turnos dobles y que nunca logra recordar si los clientes piden sopa o crema. Pero el domingo, Juan se convierte en un Dios por unos minutos, cuando se lleva a tres defensas y marca el gol del gane a 2 minutos del final. Lo que para algunos no es más que una cancha polvorienta, para otros representa un escape de la monotonía de sus vidas, una forma sana de vencer el estrés, de convivir, de hacer amigos y de sacar el enojo que nos deja una mala semana, eso es el fútbol llanero.

Por lo general, el fútbol llanero se practica los domingos en una cancha sin pasto, con un equipo conformado por amigos o familiares, todos los grandes jugadores alguna vez tuvieron que comenzar de esa forma. Pero no es el afán de convertirse en profesional lo que realmente importa en el fútbol llanero, es otra cuestión; una especie de mística que empieza desde el momento que guardas tus cosas para ir a jugar fútbol con tus amigos. Una vez en la cancha, al escuchar el pitazo inicial te conviertes en otro, dejas atrás tus problemas o preocupaciones y te concentras únicamente en dar lo mejor de ti.

No solo son los jugadores los que le dan vida al fútbol amateur, también están los encargados del cuidado de las canchas, los espectadores que por lo general son amigos o familiares, los árbitros que partido a partido tienen que aguantar reclamos, insultos y hasta groserías, pero que cumplen una de las funciones primordiales de un llano, darle ese toque de profesionalismo que nos hace sentir en un verdadero partido profesional.

Es el fútbol llanero lo más parecido al club de la pelea de mi generación, un ritual que involucra uniformes, tierra, gritos, goles y compañerismo, y que oculta en el fondo de su esencia una forma de vida y una tradición que pasa de padres a hijos, de hijos a nietos, de generación en generación y definitivamente es una de las mejores formas de pasar el domingo.

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