La leyenda del café cuenta que un monje encontró algo parecido a unas semillas, éstas ponían muy enérgicas a su rebaño; por lo que tomó unas cuantas y las llevó al monasterio donde quiso hacer una sopa, pero al hervir desprendió un aroma tan magnífico y único que no creían que fuera real.

Entre verdad o ficción no podemos negar que el café lleva años moviendo al mundo o más bien “haciéndolo despertar” y dándole un poco de color a esta realidad que vivimos. Puede ser a través de un escritor cuyo libro fue hecho con un expreso en la mano, o la canción que hemos tarareado durante días fue concebida en una servilleta que venía junto a un capuchino.

 

No podemos negar que realizar café es un arte. Muchos elementos influyen en su calidad, la manera en la que es cosechado, el proceso detrás de la tueste del café y la cercanía al nivel del mar, el clima y la humedad pueden hacer un gran diferencia en el momento de servir una taza de café.

Pero todo el arte detrás de una taza de café fue destruido por el capitalismo, sí ese mismo que plasmó al Ché en camisetas que cuestan 3 dólares al mayoreo, ahora tiene entre ceja y ceja a nuestra preciosa bebida. Cuando fuera tomada, despojada de su alma y prostituida (bueno, tal vez exageramos en esa última) por las corporaciones.

Imaginemos que solo queremos un buen café y al llegar al mostrador nos salen con que si queremos el Pumpkin Doble Latte con Arcoiris de Macadamia. No está mal un poco de mercadotecnia, pero no denigren una bebida con nombres tan snob.

Barista = Experto en café

No estamos demeritando en ningún momento el impecable trabajo de los baristas (Los Genius Bar del café) el hecho que rompe con el bello mensaje del café, es creer que somos mejores que los demás o nos da más estatus el tomarlo de una taza con logo. El café necesita esfuerzo y este debe ser remunerado, por lo que no nos meteremos con los precios, solo con la idiosincrasia de la masa.

El café es humilde y fuerte, aprendamos de él y no nos dejemos influenciar. La taza no hace al barista y recuerden que si nos gustan los latte, no es algo malo; grandes historias comienzan con la dosis justa de leche.

 

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