Rosa piensa que es un sueño. Un animal robusto, del tamaño de un gato, con el hocico ensangrentado, ha entrado en su cuarto.

“Es un tlacuache”, grita la abuela, “aviéntale algo para que se salga”. Pero Rosa no puede moverse. Es un sueño, debe ser un sueño.

La abuela, a quien Rosa llama “Ma”, toma la escoba para ahuyentar al animal. “Ay, niña, no te quedes como zonza, apúrate que no vas a llegar a la escuela”. El animal abandona la casa. 

 

Rosa se levanta de la pequeña cama en la que duerme, busca sus sandalias y se dirige a la parte trasera de la casa: ahí, un par de palos de los que cuelgan algunas telas fungen la labor de paredes.

La privacidad en el campo se parece a cerrar los ojos para sentirse a salvo.

“Ma” le ha llevado un bote con agua tibia para que la niña de 8 años confirme que no es un sueño.

La escuela hace feliz a Rosa, pero hoy no tiene deseos de asistir.

Ayer, el profesor solicitó a los alumnos 10 pesos para comprar el material necesario para el regalo del día de las madres.

Por supuesto, no hay forma de cumplir con la tarea asignada.

Si le dice a “Ma” que necesita dinero, seguramente se ganará una golpiza.

Además, todos dicen que es mejor que se quede en casa a ayudar a la “pobre de su abuela”.

Rosa sabe que tienen razón.

 

“No, no voy a ir”, sentencia.

“Ma” no la contradice. “Bueno, ayúdame con las tortillas”.

Hoy ha sido uno de los días más felices para Rosa. Por fin siente que ha encontrado su lugar.

Por la tarde, cuando las clases han terminado, un grupo de compañeros pasa frente a su casa. La miran desde lejos y sueltan algunas carcajadas.

“Se ríen de mí”.

La venta de tortillas no ha sido buena.

“Ma” y Rosa toman café con algunos trozos de galletas a las seis de la tarde. Saben que la hora de la cena ha llegado porque las aves comienzan a refugiarse entre los árboles. El calor se intensifica, pero la costumbre les impide irse a la cama sin su cena caliente.

Escuchan rumores de los vecinos: “mañana vendrá el presidente municipal para ver cómo estamos”.

Ambas limpian la mesa.

“Ma” extiende los mosquiteros. Es hora de dormir.

Rosa busca la escoba; la coloca al lado de su cama. Mañana el tlacuache no la sorprenderá.

Ser de barrio: ¿cómo se vive la realidad?

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