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El Karaoke cambió la historia del entretenimiento, no sólo divirtiendo gente y haciéndola convivir alrededor de la música, sino también como terapia. Sus bondades psicológicas y la catarsis que implica practicarla, han servido no sólo a millones de introvertidos a salir del “closet musical”, sino también a muchas personas que sufren de depresión.

Pero no todo es bonito: la combinación de alcohol y karaoke, o la innata violencia de ciertas sociedades, puede sacar lo peor de la gente como ocurre en Filipinas, donde el karaoke se toma tan en serio que en el 2010 murieron 6 personas apuñaladas por desafinar al cantar My Way (Frank Sinatra), una canción que para ellos es tan emblemática como para nosotros lo es El Rey, de José Alfredo Jiménez (ver aquí).

El inventor del karaoke fue Daisuke Inoue, quien nació en un pequeño pueblo de Osaka, Japón, en 1940. A los 3 años el pequeño se cayó de un segundo piso y quedó inconsciente por tres semanas. El doctor dijo que si sobrevivía seguro quedaría con problemas cerebrales, pero un monje budista lo visitó, lo bendijo y le cambió el nombre por Daisuke, que significa “Gran Ayuda”… Y pues, sobrevivió.

Después de la Segunda Guerra Mundial Daisuke comenzó sus pininos con la música en la banda de escuela. Sus aptitudes no eran sobresalientes, pero como buen japonés perseveró hasta dominar medianamente la batería, formando un grupo de covers que se aventuró a vivir profesionalmente. Después la banda fracasó y Daisuke, de 28 años, regresó a vivir sin un quinto a casa de sus padres.

Era la época en que comenzaban a ponerse de moda los bares donde la gente cantaba acompañado de un pianista, por lo que Daisuke se compró un teclado de segunda y se aprendió 300 canciones para tocar en un bar.

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Nace una estrella.

En una de esas noches el presidente de una pequeña compañía llegó a pedirle un favor: tenía una reunión de negocios en otro pueblo y sabía que después irían a un bar, por lo que quería sorprender a sus clientes cantando y le dijo a Daisuke: no sé qué haces pero sólo contigo puedo cantar, ven conmigo.

Daisuke no podía, pero se le ocurrió grabarle en carrete abierto un par de sus canciones favoritas en la tonalidad que favoreciera su voz. A la semana el hombre llegó sonriendo pidiéndole más canciones.

Siendo músico, técnico y medio inventor, a Daisuke se le ocurrió ponerle a una reproductora de 8 tracks un tragamonedas, un micrófono y un amplificador. Llevó su idea a un amigo y éste le ensambló 11 aparatos bajo sus especificaciones a $425 dólares por unidad.

Así llevó sus Juke 8 a los bares. A la semana regresó y nadie los había usado. Con otra chispa de ingenio se le ocurrió contratar una nena de buena pierna -minifalda incluída- para que enseñara al público cómo funcionaba el aparatejo: éxito rotundo. Para 1971 fabricaba 25,000 unidades al año y seguía creciendo.

Precisamente durante los 70as Japón atravesó por una de sus más difíciles etapas económicas. Muchas compañías cerraron y miles de personas quedaron sin empleo. Para que se den una idea, en 1971 hubo 35 mil suicidios en el país. Por lo mismo, el nuevo Karaoke encontró un buen nicho, llevando un poco de felicidad y entretenimiento a la gente. De la noche a la mañana se convirtió en el mejor remedio contra la tristeza.

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El señor Daisuke no fue quien le puso Karaoke a la máquina, palabra que viene de Kara, vacío, y Oke, orquesta, orquesta vacía. El nombre vino cuando hacia 1952 se puso en huelga una orquesta famosa de Osaka que tocaba todas las noches en un cabaret. Como los dueños no encontraban quien los reemplazara, llevaron al lugar una especie de gran sinfónola que tocaba las piezas de la orquesta. Se dice que alguien se asomó al pozo donde la orquesta se ponía y gritó asustado “¡La música suena pero está vacío de orquesta!”

Daisuke jamás se imaginó el impacto global de su invento, por lo que no se preocupó en sacar una patente o registrarlo a su nombre. Se trata de un hombre sencillo, sin grandes ambiciones; simplemente le gustaba tocar para la gente y vivir tranquilamente en su pueblo. Por lo mismo, el éxito de su compañía y las presiones comenzaron a hacerle mella, hasta que pese a ser millonario (llegaba a vender $100 millones de dólares al año) y tener la vida resuelta, cayó en una profunda depresión.

El inventor del Karaoke dice que fue su perro, Donbei, quien lo salvó del suicidio y lo sacó de la depresión por jugar con él, hasta que le volvieron las ganas de ponerse a trabajar en sus inventos. El primer invento salido de esa etapa fue un matacucarachas que se convirtió en todo un éxito.

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