La muerte en Somalia

En Somalia fallecieron 231 personas por un ‘atentado terrorista’ ocurrido el 14 de octubre de 2017. Los periódicos alrededor del mundo definen al ataque como el más mortífero en el país.

El resultado fue de 231 personas muertas y más de 275 heridos luego de que un camión explotara. El gobierno de Somalia responsabilizó de los hechos al grupo Al Shabab, vinculado a Al-Qaeda.

El gobierno declaró tres días de luto.

El número de víctimas continúa creciendo.

El pánico domina la ciudad entera por el riesgo de posibles próximos ataques.

A pesar de todo, la situación parece no tener importancia para algunos medios de comunicación.

 

La muerte en Estados Unidos

El 1º de octubre de 2017 fallecieron cerca de 60 personas en un tiroteo en la ciudad de Las Vegas, en Estados Unidos. Un suceso lamentable que fue consumado por un sujeto desde un hotel en las inmediaciones de un espectáculo musical.

La “supremacía americana” dañada, la “paz” alterada y el “orden” interrumpido: así se lee entre líneas un suceso que fue recogido por diferentes medios de comunicación a través de especiales, mesas de análisis, columnas informativas, entrevistas y hasta recreaciones.

La cobertura sobre los sucesos en Somalia no se acerca ni un poco a la cantidad de información derivada del tiroteo en Las Vegas.

Por supuesto, no se trata de una competencia. No tratamos de adivinar qué vidas valen más que otras para las empresas informativas (y para la gente en general).

Lo que intentamos hacer es la formulación de una sencilla pregunta, ¿por qué hemos normalizado la muerte de los “no poderosos”?

Cometemos un gran error al creer que, en el caso de Somalia, esos acontecimientos, esos conflictos bélicos, son el día a día de sus pobladores.

Basta de excusas…

Es cierto, como apunta Camus en El Extranjero o Sartre en La Náusea, todos terminan por acostumbrarse al entorno en el que viven por más hostil que éste sea, pero ¿es esa una excusa para creer que la violencia que enfrentan algunas regiones debe continuar?, ¿simplemente porque “así son las cosas”?

Al Qaeda prometió, a principios de 2017, ataques mortíferos luego de que el gobernante de Somalia, Abdullahi Mohamed, uniera fuerzas con Donald Trump para derrocar al grupo denominado terrorista.

Hoy, los hospitales se desbordan ante la cantidad de personas que llegan a las salas de urgencia producto de la efervescencia de violencia que vive el país.

Si bien, la noticia ha sido cubierta por los medios tradicionales, las notas simplemente cumplen con la responsabilidad de informar un hecho más.

Y sí, con la cabeza fría, se trata de un hecho más. No buscamos una alegoría, una oda o composición literaria sobre el suceso.

Lo que deseamos es comenzar a entender que la vida de las personas no debería poseer menor importancia por el hecho de figurar en lugares con menos “poder” que otros.

Y si nos detenemos a pensar unos momentos en las tragedias mortales del mundo contemporáneo, seremos testigos de un “rutina para la muerte de las masas”: condolencias de las autoridades mundiales, declaración de días de luto, coberturas, coberturas, coberturas y luego nada. Se cierran los episodios hasta que algo vuelva a turbar los días “normales” porque, mientras tanto, la “vida” debe continuar, ¿no?

¿Debemos lamentar nuestro mundo?

Las prioridades otorgadas en periodismo responden a muchas necesidades. Entendemos que el valor informativo que otorga la agenda hace que se hable sobre la guerra civil iniciada en un país y no sobre las peleas en un barrio que se presentan entre pequeñas bandas juveniles. Muy bien, muy bien… Eso lo entendemos.

Parece que no podemos impedir la muerte de más personas, pero lo que sí podemos hacer es alzar una voz de alto ante la violencia. No importan más las vidas de un lugar sobre otro. La muerte es la misma en todos sitios. Genera el mismo impacto emocional, el mismo dolor… la pérdida nos arroja contra nuestros propios miedos.

Lee lo que decía al respecto John Donne en el poema que cita Ernest Hemingway al principio de su obra Por quién doblan las campanas.

El antropocentrismo nos hace lamentar la pérdida de vida humana, pero también lloramos, ¿por qué no?, la pérdida de animales – especialmente cuando guardan vínculos con nosotros, pues olvidamos a aquellos que forman parte del suministro alimenticio-. Lo que digo es que debemos recuperar cuanto antes la sensibilidad total ante lo que acontece en el mundo, pero sin ser hipócritas.

Tenemos un reto gigantesco: ser coherentes.

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