Hace exactamente 118 años nació Cecilia Helena Payne-Gaposchkin. Quizá parezca un nombre difícil de memorizar. Pero después de leer esto, será mucho más fácil recordarla por siempre. Es, sin exagerar, la mujer que revolucionó la manera en la que entendemos el Universo.

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¿Qué hizo?

 

Gracias a sus observaciones y la aplicación de teoría de la ionización, logró demostrar que el Sol no estaba compuesto de la misma materia que los planetas —como todo el mundo creía hasta entonces— sino que la inmensa mayoría de él era hidrógeno y helio.

 

El (difícil) camino

 

En Inglaterra, su país natal, estudió física, química y botánica. Sin embargo —debido a la discriminación que vivió durante toda su vida académica por el simple hecho de ser mujer —, tuvo que emigrar a Estados Unidos.

Pronto, fue la primera mujer en graduarse del Radcliffe College, un área de la Universidad de Harvard exclusiva para mujeres. Sin embargo, aún después de graduarse, el reconocimiento oficial como astrónoma lo recibió muchos años después.

 

Descubrimiento “robado”

 

Durante sus investigaciones, su tesis estuvo supervisada por Edward Russell. Este científico se oponía intelectualmente a creer lo que Payne aseguraba, pues estaba convencido de que los astros tenían que estar formados por elementos más pesados.

Con todo, aprobó el trabajo de la joven. Pero le advirtió tener cautela a la hora de publicar esos hallazgos, pues conocía lo dogmática que era la Academia y el riesgo de perder su reputación.

Al salir a la luz los resultados, la comunidad científica los elogió. Para sorpresa de Payne, estos fueron  atribuidos a Russell. Y lo peor: fue sólo después de su muerte cuando se reconoció su labor como científica. No obstante —lo que resulta un colmo— es que post mortem fue galardonada con la presea de nombre de un científico —oh sorpresa, también varón— “Henry Norris Russell”.

Pese a que se casó, jamás abandonó su vocación científica. Hasta sus últimos días escribió —sumando 150 artículos— y fue profesora asociada en Harvard —la primera—.

 

Ella solía decir que:

 

“La recompensa del científico joven es la emoción de ser la primera persona en la historia del mundo que ve o entiende algo. Nada se puede comparar con esa experiencia… La recompensa del científico viejo es la sensación de haber visto cómo un vago bosquejo se convertía en un paisaje majestuoso”.

Esto es revelador en diversos sentidos. Nos habla de un impulso vital por el conocimiento y, a la par, la satisfacción que vivió al ver cómo su teoría iba consolidándose al pasar el tiempo.

Tristemente, queda claro que la lucha por las oportunidades igualitarias de las mujeres en la ciencia sigue siendo vigente. Tan cierto es, que el nombre de esta astrónoma ha quedado en el olvido a lo largo de los años.

 

Fuentes:

El País

 

Agencia Sinc

 

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