Más desesperados que nosotros, las sillas o los viejos sillones, los bancos… todos habitantes casi eternos de la sala de espera. Y más desesperados que ellos, la espera misma; pues quien no se aburriría de esperar, aun cuando no hay nadie esperando.

Llega el primero, ni tarde ni temprano, justo a tiempo para tomar su turno, y tras el primero, el segundo, y tras el segundo, el tercero, y tras ellos, todos los que tendrán, todos los que estarán haciendo mérito de paciencia, esperando que llegue su número.

Benditos asientos, haciendo más cómoda y llevadera la estancia, auxiliando a los desesperados, ayudando a soportar el interminable momento, ese que existe entre la llegada al sitio y el glorioso instante del llamado a ser atendido.

Sagrados asientos, descansando toda la noche, preparándose para estar cómodos y frescos, para ver pasar el siguiente día, para atender calladamente a todos los visitantes, uno a uno recorriéndose, uno a uno, pasando de nicho en nicho.

Mirar el reloj tan constantemente no acelera el tiempo, no lo hará correr más rápido, si es que de correr sabe, aunque sea lo mínimo. Le aseguro, señora de peinado alto, que golpear constantemente con su zapato no hará desaparecer la espera.

“Yo traje mi desayuno”, dice alguien habitando en la mitad de la fila, ¿qué no todos estaban sentados? No, no hay suficientes sitios para todos ni suficiente espacio para tanta humanidad acumulándose para ser atendida.

“Yo traje hasta la comida”, dice otro ‘esperante’ que vive más atrás de la fila; se siente más avispado, más precavido; pero otro, allá al final de la cola, nos contesta que él trajo una vida entera y la mitad de otra para tener tiempo de sobra, durante la espera que lo espera.

De uno en uno, de dos en tres, y de espera en espera, vamos de sala en sala, y así se va la existencia, requisito mínimo para la muerte, y la muerte, ni perezosa ni paciente, conoce el número de turno de todos nosotros, y mientras llega el momento de pasar, nos quedamos en esta gigantesca sala de espera, bautizada tierra. Sigamos combatiendo el aburrimiento, haciendo de esta vida, una espera más llevadera.

 

Stephen Hawking tiene un mensaje hermoso para la gente que sufre depresión

Comentarios