¿Cuántas veces te has encontrado solo? ¿Cuántas veces has descubierto que todas las personas a tu alrededor no son más que sombras? El misterio de la soledad nos arroja al pozo de nuestro más grandes temores. Y hay una analogía que nos funciona a la perfección: la que nos ofrece Robinson Crusoe

En 1719, el escritor primerizo Daniel Defoe creó una historia en apariencia común y corriente, pero que encierra lecciones que nos ayudan a contemplar el peligro, el valor y el sinsentido de la soledad.

Y lo hace de la manera más sencilla: un marinero, que ha disfrutado de grande aventuras, de pronto se ve perdido en una isla que él cree desierta.

A prueba estarán su facultades mentales al enfrentar la soledad engendrada por su propias preocupaciones.

Parece que hablamos de cualquiera de nosotros

El hombre se refugia en la fe cristiana para encontrar el sentido profundo de la vida. ¿Hasta qué punto le juzgaríamos por confiar su vida a un pensamiento mágico-religioso? Si pasaras años en una isla alejada de todo lo que conocías, ¿qué habrías hecho tú? ¿De quién te harías amigo?

Por supuesto, es probable que la mente nos juegue malas pasadas, sobre todo si consideras que los alimentos son mínimos y se agotan cada día. Lo que da como resultado un sistema bio-químico en riesgo de colapsar. 

Añade el hecho de que todos tus conocidos han “desaparecido”. La incertidumbre es tu peor enemiga; te lleva a pensar en el hubiera:  “y si todo hubiera sido distinto”, “¿por qué no actué de otra manera?”,”¿por qué me empeñé en tal situación?”, “¿por qué no arreglé las cosas?”, “¿por qué no hice lo que debía hacer?”.

Estar perdido en una isla es una especie de muerte

La falta de comunicación es una especie muerte. ¿Puedes hablar con los muertos? La analogía funcione en distintos niveles pero bajo un hilo demasiado frágil que no resista la intolerancia.

Y un día, Crusoe descubre que no está solo, que de hecho está acompañado por una tribu al estilo de “los desconocidos son malos y caníbales”. También se entera que ellos tienen secuestrados a más personajes “como él”.

Así rescata y conoce a Viernes, alguien con quien no puede intercambiar tanta información como desearía porque no comparten la misma cultura: ni el lenguaje, ni los procesamientos de pensamiento, ni nada… Sólo un deseo muto por sobrevivir.

¿Quiénes somos? ¿Por qué únicamente en el encuentro con el otro podemos transformarnos y reconocernos como seres humanos? Defoe, quien en su infancia sufrió de carencias económicas en un Londres caótico y enfermizo, llegó a sumergirse en la religión para después abandonarla.

¿Qué descubrió?

La analogía continúa: al igual que su personaje, emprende el camino a casa, a sus orígenes, a aquello que lo vincula con recuerdos más intensos.

Al final, nos dice que nuestras raíces se forman en cada momento de la vida. Y que la soledad nos reúne a todos para enseñarnos caminos distintos de sentir.

Algún día, como Robinson Crusoe, volveremos al principio de todo, pero más fuertes, renovados y llenos de madurez.  O al menos lo intentaremos. 

‘El mito de Sísifo’ de Albert Camus: ¿la vida tiene sentido?

 

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