Ya sea para adornar su casa, para guardarlas como un trofeo o para obtener ayuda del más allá, a lo largo de la historia, los ladrones de arte han logrado grandes botines; además, han puesto en evidencia la falta de seguridad en los emblemas para una nación: su historia.

Ese fue el caso del Museo Nacional de Antropología (o simplemente, Museo de Antropología), el cual mostró su vulnerabilidad en la noche de Navidad de 1985. Sólo bastaron dos personas y una “simple estrategia”: saltar la pequeña reja que enmarca el recinto histórico y encontrar la entrada de los ductos del aire acondicionado. Así entraron en las salas que les dio la gana saquear, llenar sus sacos y salir por donde vinieron sin que nadie se diera cuenta.

museo de antropología

 

Un robo… ¿pequeño?

Sólo se trató de 140 piezas robadas, de las cuales ni siquiera se tenía un registro exacto de ellas, y mucho menos contaban con un valor económico estimado. Decían que en el mercado negro una de ellas alcanzaba un costo aproximado de 20 millones de dólares. Para algunos, era una simple vasija de obsidiana en forma de mono, que representaba a Macuilxóchitl (dios de la danza y el juego), pero para los ladrones podría significar obtener el poder que dicho dios les diera,  o por lo menos el trofeo ganado al lograr irrumpir en la historia de México.

 

Las salas perpetradas fueron las de la cultura maya, mexica y oaxaqueña destacando piezas como la máscara de jade del dios Murciélago, la máscara mortuoria de Pakal (el Señor Sagrado de Palenque) y piezas de oro procedentes del cenote sagrado de Chichén Itzá.

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Máscara jade del dios murciélago

El verdadero valor es cultural

Todas ellas joyas con un valor incalculable para la mayoría de los mexicanos que ven en esos objetos la historia de México y sus antepasados, pero para los delincuentes que los tenían en su poder podrían representar una forma de asegurar la posesión de droga, ya que de acuerdo con investigaciones realizadas, en 1989, un narcotraficante de Ciudad Juárez —cuyo nombre nunca fue divulgado— confesó haber participado en el robo y que estaba dispuesto a regresarlas a cambio de su libertad.

Obviamente le dijeron que sí, pero no logró su libertad; por el contrario, lo interrogaron hasta encontrar pistas para localizar a su cómplice, el cual tenía guardadas algunas piezas en la casa de su novia; nunca fue atrapado.

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Máscara mortuoria de Pakal

Lo realmente importante fue que se recuperó el noventa y dos por ciento de las piezas con un gran valor histórico para México y el mundo. Además, sirvió de lección para que las autoridades encargadas de cuidar nuestra historia se pusieran las pilas. Colocaron cámaras de circuito cerrado, se instalaron vitrinas blindadas y sensores de movimiento. Además, la seguridad pasó de 33 guardias a 80. Pero lo más importante fue que trabajaron en un inventario de todas las piezas que ahí albergan y que cuenta nuestra historia.

 

Del resto de las piezas muy poco se sabe; en 1999, la Interpol de México encontró otras piezas —dos orejeras de oro de la cultura mixteca— en la galería de un coleccionista en Suiza y las diez piezas faltantes posiblemente fueron intercambiadas por mercancía.

¿No creen que esta esta historia es digna de ser contada en una película? 

¿Ya conoces todos los museos de la UNAM?

 

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