El misterio del comportamiento chilango que sólo un chilango entendería

Entender “al mexicano” es difícil. Convivir con él, más. En México existen actividades que sólo los habitantes de la capital pueden entender y, sobre todo, hacer. El chilango, citadino, capitalino es como se le denomina al ente que convive con los barrios bravos del Centro Histórico, se transporta en subterráneo y tiene en su dieta diaria los tacos de pastor, carnitas, suadero y tripa. Peleado con la provincia, el habitante la Ciudad de México sabe que su fuerte no es sólo llevar a cabo la excentricidad de las siguientes actividades enlistadas, sino arraigarse a ellas:

La impuntualidad como convicción

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Si hay algo que para un mexicano es susceptible de ser cambiado de último momento, es el tiempo. Lo curioso del asunto es que la contraparte nunca sabe que el chilango llegará 30 minutos tarde… como mínimo. ¿La razón aparente? No sabemos calcular y dejamos todo hasta el final. Con las tempestades que no siguen calendario, el tránsito inestable y el exceso de gente en la metrópoli es natural que el capitalino no arribe con sobrados minutos en hora pico a la comida familiar, la proyección de la película o al trabajo mismo.


El gusto por la fiesta

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Todo manual que un extranjero o un republicano quiera leer para entender a nosotros los chilangos, debe saber que la fiesta -de los viernes, seguirla el sábado, despertar en domingo y curar en lunes- es una motivación para cualquier habitante de la capital. Desde la salida con los compañeros del trabajo hasta la visita familiar en un lugar lejano, la fiesta es una actividad de fin de semana. El verdadero motivo es que el mexicano es cálido, necesita de contar anécdotas que ocurrieron entre semana y convivir con sus iguales para no sentirse solo… Aunque eso signifique hacerlo cuantas veces pueda.


El transporte público es la jungla

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El subterráneo que habita en doce lianas permite trasladar a millones de personas de la fauna chilanga. El problema no es su efectividad, sino el abordaje mismo. Como si de llegar temprano se tratara (cof, cof) el violento, corajudo y físico mexicano -porque hace que dos cuerpos quepan en un sólo lugar en el espacio- hacen que un traslado de la estación Chabacano a Centro Médico se torne calurosa. ¿Sería distinto si hubiera orden en el abordaje o si existieran más convoyes? La respuesta es negativa pues, la adrenalina de no despeinarse y llegar a la escuela sin sudar, es un reto.


El chile: superhéroe de la comida

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Si la cocinera está molesta, la salsa pica. La realidad es que si la salsa no pica, la cocinera fracasó. La comida debe tener en todos los aspectos un dejo de picardía. No existe taquería, fonda, puesto de comida callejero y cocina mexicana (particularmente en la Ciudad de México) que no tenga un plato de salsa verde y roja. Como los colores de la bandera, definen la actitud del tragón callejero. Es una afrenta soportar el ardor de boca y estómago que un chile provoca, pero siempre es humillante admitir ante los demás tragones que se está enchilado. El que toma refresco, pierde.


Las quesadillas van (sin/con) queso

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El problema de los mexicanos es que son irónicos. A pesar de que el concepto de la tortilla azul con queso Oaxaca amerite que se llame “quesadilla”, el catador del maíz aplanado prefiere combinar la comida como si de un experimento se tratara: picadillo, pancita, huitlacoche o tinga en vez del elíxir cuajado. Es difícil dar una respuesta ante esta irónica concepción de la comida, pues en la capital no va la frase “al César lo que es del César”, no porque seamos amantes de lo extravagante sino porque simplemente somos raros.

Hablar de costumbre es hablar de la repetición de un acto arraigado en la mayoría de la población. Esta lista es sólo una parte de lo que guarda la personalidad de un mexicano, un chilango, un capitalino, un ente extraño que oscila entre lo común y el comportamiento de un país que, hasta el momento, ni sus habitantes pueden desentrañar.

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