‘No soy una bruja’: una película sobre el daño que provocan las supersticiones

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NO SOY UN BRUJA

 

Una niña limpia algunas de las lágrimas que corren por sus mejillas.

Alguien ha puesto sobre la mesa la siguiente pregunta: ¿qué tal si no es una bruja?, ¿qué tal que sólo es una niña?

Un silencio invade la sala.

La película africana No soy una bruja se desarrolla en Ghana para seguir a un grupo de mujeres denominadas brujas tras las acusaciones de su propia comunidad. En la ilegalidad, los jefes de las tribus mantienen cautivas a estas mujeres para obligarlas a trabajar y “sanar males”.

Una historia real que resulta desgarradora y cercana.

La historia de Shula

Shula, la pequeña protagonista de 9 años, llega a uno de estos campamentos tras haber sido acusada de brujería. Sin entender lo sucedido, es condena a ser atada a un largo lazo blanco con la posibilidad de cortarlo – y entonces será maldita y transformada en cabra- o de aceptarlo y entonces vivir por siempre como bruja. Shula decide no cortar el lazo y a partir de entonces, seguiremos su vida y la de sus compañeras brujas.

La cinta fue dirigida por Rugano Nyoni, quien estudió en Londres y ha presentado algunos cortometrajes en el Festival de Cannes y Locarno. No soy una bruja es su opera prima galardonada con el BAFTA.

El rechazo, la intolerancia y la falta de comprensión

Un filme con perspectiva antropológica que permite replantear el valor de las culturas en sus usos y costumbres, pero que al mismo tiempo denuncia a quienes nos atrevemos a juzgar.

No pueden dejar de ver esta cinta fuerte, conmovedora e impactante.

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