Nada nos recuerda con tanta certeza el vínculo que nos une como humanos, como este poema de John Donne acerca de la muerte de nuestros congéneres.

Muchos conocimos este texto por encontrarse a manera de prefacio antes de iniciar la lectura Por quién doblan las campanas de Ernest Hemingway, un increíble libro sobre la Guerra Civil Española.

Hemos querido rescatar las palabras de Donne para entender cómo es que la fraternidad logra crear grandes cambios en un mundo individualista:

 

¿Quién no echa una mirada al sol cuando atardece?

¿Quién quita sus ojos del cometa cuando estalla?

¿Quién no presta oídos a una campana cuando por algún hecho tañe?

¿Quién puede desoír esa campana cuya música lo traslada fuera de este mundo?

Ningún hombre es una isla entera por sí mismo.

Cada hombre es una pieza del continente, una parte del todo.

Si el mar se lleva una porción de tierra, toda Europa queda disminuida, como

Si fuera un promontorio, o la casa de uno de tus amigos, o la tuya propia.

Ninguna persona es una isla; la muerte de cualquiera me afecta, porque me

Encuentro unido a toda la humanidad; por eso, nunca preguntes por quién

Doblan las campanas; doblan por ti.

 

El poeta escribe desde la antigua costumbre europea de hacer sonar a las campanas como anuncio de la muerte de algún poblador. Por eso sus palabras resultan importantes: las campanas doblan por tu propia muerte.

John Donne fue un poeta inglés del siglo XV cuya obra, es cierto, identifica una corriente eclesiástica. De hecho, actualmente, un monumento en su honor se erige dentro de la Catedral de Saint Paul en Londres, pero su mensaje es más bien humano, nos brinda una explicación del dolor que sentimos ante la pérdida de nuestros seres queridos.

Así, una vez más, aquel sentimiento de dolor que nos invade tras una tragedia se debe, según palabras de Donne, al hecho de que pertenecemos a un entorno: “somos piezas del mismo continentes; no islas”.

“La muerte de cualquiera me afecta porque me encuentro unido a la humanidad”.

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