Romance en el metro

Por favor, permita el libre cierre de puertas. Tanta, tanta, tanta multitud en un espacio así de pequeño, parecía imposible… Donde la lógica dictaba la entrada de dos cuerpos, iban habitando diez, y donde la razón afirmaba la existencia de diez personas, iba una ciudad entera con todo y registro civil improvisado; parecía inverosímil, lucía inverosímil, pero era más real que la realidad misma, y en la siguiente estación, más gente abordaría.

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Próxima estación… Voz metálica perdida entre los sudantes cuerpos apretujados, sin oportunidad de rebotar como supuestamente debían hacerlo. No importó, nadie le prestaba la más mínima atención, sabían de memoria el camino a recorrer, la gente se arrejuntó un poco más, y los de afuera permitieron la salida antes de entrar, pero nadie salió, así que todos entraron.

Te vi, te sentí. Nos sentimos desde el otro lado del vagón. Mágico romance el nuestro, que sin conocernos ya nos sabíamos uno del otro, viajando entre olores y calores ajenos, imaginando que era ese el cuerpo tuyo frotándose contra el mío; más cerca por favor, más calor, más pasión desconocida entre nosotros. Te amaba, sin conocer tu rostro, te amaba.

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Sabía sin saber que no habías bajado, y sabías que yo continuaba mi camino también. Fue entonces que el vagonero hizo de las suyas, apareció de entre la multitud con aire triunfal; su mágica voz, su bocina a la espalda acompañaría nuestro bello idilio; cumbias, salsas y todos los éxitos bailables musicalizando nuestro romance, reunidos en un solo disco, ¿y los pasajeros?, rítmicamente molestos, imaginarían nuestros pasos de baile yendo de un lado al otro sin principio ni fin.

Mientras nos aproximábamos a la siguiente estación, dejamos a la fantasía invadirlo todo. Nos imaginamos en completa soledad, viajando sin nadie en el vagón. Nos acercamos, desnudos, y presurosamente, nos besamos, nos tocamos, intentamos todas las posiciones placenteras conocidas, mientras le quitábamos la virginidad a cada uno de los verdes asientos, utilizando a los desgatados tubos de aluminio como fuera necesario, cuando fuera indispensable otro punto de apoyo más allá de el de nuestros cuerpos moviéndose al unísono.

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Y nos fantaseamos así, revolcándonos por todo el vagón, disfrutando de nuestras pieles, nuestros órganos, disfrutando esa utópica soledad, existiendo donde ahora existen dos multitudes y un poco más, siendo los extraños que se miran, apretados, sudando a falta de calefacción, esperando que el metro corra con más prisa, pues a pesar de las fantasías, ya vamos retrasados.

Próxima estación… ningún pasajero debe permanecer abordo. Ninguno permanecerá, habíamos llegado a la estación final, el paradero nos esperaba; bajamos en marabunta para continuar con el camino. Tu camión en una dirección, mi combi hacía otro destino, y jamás nos volveremos a ver. Mañana cuando sea otro día, me inventaré otra historia de amor, otro romance con alguien desconocido, al que jamás tendré el placer de conocer.

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