“¡Pues bien! Yo necesito decirte que te quiero, decirte que te adoro con todo el corazón”

Manuel Acuña

Así inicia uno de los poemas con mayor trascendencia en la cultura popular mexicana. Hablamos del Nocturno a Rosario, de Manuel Acuña, un texto que más tarde los profesores harían leer a sus alumnos en nivel secundaria con el propósito de iniciarles en el poder de las palabras.

Leer a Manuel Acuña representa abordar sus propios miedos canalizados en las letras. Su figura siempre trasciende por el talento volcado sobre el papel, pero también por su inesperada partida: un 6 de diciembre de 1873 se quitó la vida al ingerir cianuro de potasio.

La pregunta más recurrente es lanzada al aire todo el tiempo: ¿por qué lo hizo? Y la respuesta ronda razones lógicas, obvias y absurdas: el desamor.

“Que es mucho lo que sufro, que es mucho lo que lloro, que ya no puedo tanto  al grito que te imploro, te imploro y te hablo en nombre de mi última ilusión.”

Pero, ¿quién le había causado tal desgarro en el corazón? Sus allegados comentaban, casi murmuraban: Rosario De la Peña.

Una mujer ubicada en la clase alta de la sociedad mexicana del siglo XIX que siempre estuvo rodeada por intelectuales.  Sus amigos más cercanos fueron también los de Manuel Acuña: Vicente Riva Palacio, Ignacio Manuel Altamirano, Guillermo Prieto, Ignacio Ramírez (El Nigromante) y Manuel M. Flores.

Éste último representó su verdadero enamoramiento. Mientras tanto, Acuña, originario de Saltillo, Coahuila,  estudiaba la carrera de medicina en el centro del país.

“Yo quiero que tú sepas que ya hace muchos días estoy enfermo y pálido de tanto no dormir; que ya se han muerto todas las esperanzas mías, que están mis noches negras, tan negras y sombrías que ya no sé ni dónde se alzaba el porvenir.”

La vida de Rosario toma un sentido diferente cuando se le adjudica el suicidio de Acuña. Ella confesó haber estado enamorada de Manuel M. Flores, y señaló que Acuña sólo era percibido por ella como un amigo o un hermano. Además, declaró que el poeta era extremadamente nervioso e impulsivo.

Información revelada a Rosario por Guillermo Prieto, confirma que Manuel Acuña tenía una relación sentimental con dos mujeres más: una poeta de nombre Laura Méndez, con quien tuvo un hijo que más tarde perdió, y Celi, una lavandera del lugar donde residia.

Acuña caracteriza a un tipo de poesía por su reflejo del pensamiento dominante en el México de esa época: hombres ilustres que encuentran una musa para expresar un fragmento de sus sentimientos. Inequívocamente, no deja de haber un toque de conservadurismo en sus letras.

“Comprendo que tus besos jamás han de ser míos, comprendo que en tus ojos no me he de ver jamás, y te amo y en mis locos y ardientes desvaríos bendigo tus desdenes, adoro tus desvíos, y en vez de amarte menos te quiero mucho más.”

A la muerte de Acuña, Altamirano lanza una acusación en contra de Rosario. Dice, fue ella quien desencadenó la tragedia.

Sin embargo, otra voces comentan que Acuña había estado en obsesionado con el suicidio. Uno de sus últimos escritos dice: “Lo menos sería entrar en detalle sobre la causa de mi muerte, pero no creo que le importe a ninguno; basta con saber que yo mismo soy el culpable.”

En el mismo texto solicitaba que su cuerpo no fuera mutilado, por eso revelaba la causa de su muerte: cianuro de potasio.

Manuel Acuña falleció a los 24 años de edad en una habitación de la Escuela de Medicina.

“A veces pienso en darte mi eterna despedida, borrarte en mis recuerdos y hundirte en mi pasión, mas si es en vano todo y el alma no te olvida, ¿Qué quieres tú que yo haga, pedazo de mi vida? ¿Qué quieres TÚ que yo haga con este corazón?”

 

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