Cuando me dijeron que tenía que volar a Tijuana a unas sesiones de grupo, una serie de dudas, pensamientos, temores e ilusiones se apoderaron de mí. Nunca había estado en aquella ciudad fronteriza de la que tanto había escuchado o leído, y por fin tenía la oportunidad de estar en ella, todo incluido.

Foto: Flickr

Sabía que no encontraría plantas rodadoras (de esas que aparecen en las películas) a mi llegada ni durante el trayecto al hotel, pero la visión de capitalino siempre lo hace sentir a uno como que todas las demás ciudades mexicanas son pueblos donde reina la desolación y no tienen nada nuevo que ofrecer.

Mi primera sorpresa llegó cuando al salir del aeropuerto no fui recibido por una ola de calor avasalladora, todo lo contrario, era un clima incluso mejor que el de la Ciudad de México.

La cercanía con la frontera es más que evidente, tanto en la estructura de la ciudad como distintos usos y costumbres que la gente ha adoptado. Por ejemplo, cruzar la calle no representa la misma odisea que al hacerlo en la Ciudad de México, basta con sólo acercarse al cruce y los autos se detienen al instante. American style, babe!

La oferta gastronómica no peca de variada ni cuenta con una identidad definida, pero no por eso carece de una amplia oferta. La ciudad vio nacer a la mítica ensalada Cesar en el Hotel Caesar, donde afuera de él se pueden encontrar varios burros cebras, iconos de la ciudad.

Es difícil tratar de encontrar un acento característico de la región. Si bien muchos tienen ese marcado acento norteño, también se pueden apreciar acentos del centro o del sur del país. Eso sí, el uso del spanglish es muy recurrente. Yo a la sopa le pongo tomato sauce, Y le dije: please mom, déjame ir.

Empezar a hablar de Tijuana es tratar de desenredar una madeja enorme, jalando y jalando hilos que parecen nunca terminar.

Y por supuesto, hay mucha más de qué hablar: cosas buenas y cosas malas. Esta ciudad no deja de ser un emblema de México para el mundo.

¿Eres de tijuana? Cuéntanos qué hay de nuevo por allá. 

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